Elvis está vivo

Published on febrero 23rd, 2019 | by Tonosone

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La toma de tierra y el abrigo de astracán.

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Jose Garzón @josegarz

Lo más importante de mí son los recuerdos. No quiero perderlos. Pensé en encender un fuego y quemar todas las partituras. Pero no serviría para empezar de cero. A veces las notas se atragantan. Y quieres sacarlas de ahí, atraparlas, tenerlas siempre a mano, domarlas. A sabiendas de que es imposible, a sabiendas de que son ellas quienes mandan, quienes deciden, quienes marcan el ritmo, el tiempo y el camino. Vayan o no a alguna parte. Hijas de la gran puta. Por eso es tan bueno ese instante en el que te das cuenta de que las has vencido y, sumisas, se muestran ante ti, agachan la cabeza, responden a tus órdenes sin rechistar y se colocan en el lugar adecuado para que comience el baile. Y, aunque sólo sea el tiempo que dura una canción, todo encaja. Cómo no voy a quererlas, si, en días oscuros como lo son estos, sólo ellas me sostienen. Lo peor es sentir que tengo una revolución dentro y no sé cómo hacerla.

John me dijo una madrugada, en el descanso que siempre llegaba a pesar de aquellas grabaciones interminables, Billy, gracias, tío, te has convertido en nuestra toma de tierra, en la toma de tierra de los Beatles. Sin tu presencia, hace semanas que habríamos volado por los aires, presos de una combustión espontánea múltiple. Y, como tantas veces antes durante aquellas semanas, miré fijamente a los pequeños ojos oscuros de Lennon, enmarcados tras aquellas gafas doradas y redondas, y después a su media sonrisa siempre presente y no supe si hablaba en serio o en broma, si estaba sobrio, alucinando o simplemente borracho. Vamos a tomar un güisqui, Billy, dijo para terminar la conversación. Y apoyó su brazo derecho en mis hombros y yo me dejé llevar. Qué coño, tío, me estaba abrazando el puto Lennon, el puto John Lennon.

Cuando repiten que yo salvé a los Beatles, me echo a reír. Me lo han dicho tantas veces. Yo, como mucho, salvé a George de pillar una neumonía. Del resto, se encargaron ellos solitos. Tanto de lo bueno como de lo malo. Menudos eran. A las diez, ángeles componiendo las canciones más jodidamente bellas de la historia de la música. A las once, cuatro hijos de perra que se la medían sin piedad, egos más grandes que la sombra del Empire State, cabrones capaces de mandar a tomar por culo sin pestañear composiciones que les había llevado semanas construir, sólo porque John no quería meter un punteo de George después del estribillo o porque la segunda voz de Paul sonaba demasiado a algo ya conocido. Y quedaban atrapados durante horas en un silencio que te helaba la sangre y que sólo Ringo o yo éramos capaces, en ocasiones, de templar. En aquella época final, los Beatles eran un incendio. A veces ardían en llamas que alcanzaban el techo. Otras, apenas un rumor de brasas incandescentes. Pero no dejaban de consumirse. Aunque tardaran aún semanas, meses quizás, en apagarse como grupo humano para siempre. Porque musicalmente no habrá océano que acabe con ellos.

Llevaban un par de años sin tocar en directo y, ya ves, yo creo que ni ellos lo sabían, esa mañana fue la última vez que lo hicieron. Siempre fueron un grupo de estudio, animales que se sentían más cómodos encerrados, creadores en el sentido más profundo de la palabra. John, Paul y George eran genios porque fueron capaces de crear belleza desde la nada, desde el vacío, desde el silencio más absoluto. Genios porque abrían caminos. Sonaban como nunca antes nadie había sonado. Vinieron después quienes podían tocar mejor o componer canciones más redondas o afiladas, puedo estar de acuerdo, pero esa es otra historia, porque ellos comenzaron el viaje, abrieron el baile, le dijeron a cientos de miles de músicos del mundo, antes y ahora, por aquí, chicos, seguidnos, este es el camino.

Las chicas les prestaron sus abrigos a John y a Ringo. Paul dijo que saldría en traje, no sentía frío. George subía a la azotea en mangas de camisa, aferrado a la Telecaster negra que en Fender habían construído para él, y, en el último momento, le dejé mi abrigo (Billy, déjamelo, tío, ahí afuera hace un frío de morirse y no voy a poder tocar un puto acorde), un flipante abrigo de astracán negro que había comprado ese invierno en una tienda de segunda mano en San Francisco. Menos mal que tienes otra novia, (Patty no había aparecido por el estudio esa mañana) dijo John cuando vio que yo me quitaba el abrigo para dejárselo. George se rió pero no dijo una palabra. Parecía estar de buen humor. Y estoy convencido de que le salvó la vida: había siete grados ahí afuera y un viento frío barría las avenidas y los campanarios de una ciudad que fue dirigiendo, poco a poco, sus ojos hacia la azotea. Tenías que haberlos visto: cuatro flautistas en un Londres invernal y gris convertido en Hamelin y la gente, vista desde arriba, ratitas hipnotizadas viviendo uno de esos instantes con los que se escribe la historia.

 

El 30 de enero de 1969 en la azotea del edificio Apple Corps, en el número 3 de Savile Row, Londres, Los Beatles tocaron por última vez en directo. Los termómetros apenas alcanzaban los siete grados y el helor de la ribera sometía la ciudad, por lo que John Lennon y Ringo Starr se protegieron del frío con los abrigos de sus esposas. Tras cuarenta y dos minutos, por quejas de los vecinos, la policía detuvo el concierto. El 31 de enero terminarían de grabar otras canciones para completar el álbum Let it be. El audio fue grabado en ocho pistas por Alan Parsons y el director de cine MIchael Lindsay filmó la presentación. George Harrison incluyó en el grupo a su amigo Billy Preston para que les acompañara con los teclados, siendo acreditado como compositor en alguna de las canciones y convirtiéndose así en el legítimo quinto beatle.

William Everett Preston fue de los mejores porque tocó con los mejores. Conoció a los Beatles cuando estos fueron teloneros de Little Richard durante una gira en 1962 en la que Billy Preston tocaba los teclados con el de Georgia. Amigo de George Harrison desde entonces y durante décadas, en 1969 fue invitado por éste a participar en la grabación del disco Let it be. Sus manos y su forma de ser fueron el bálsamo necesario, aunque no suficiente, para que los Beatles alargaran su historia y su legado unos meses más.

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