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Published on mayo 17th, 2019 | by Tonosone

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Hay planetas y oxígeno porque existe Bob Dylan.

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Jose Garzón.

Tengo un amigo, casi un hermano, que se liberó de un absurdo pero comprensible peso (los tipos de nuestra generación sufrimos de una galopante censura intelectual autoimpuesta) el día que pudo decir en voz alta y rodeado de gente algo que había repetido durante años en la soledad del cuarto de baño frente al espejo: “no entiendo “El Principito” y no me gusta Bob Dylan”. Y por fin, en una de las épocas de su vida en la que más delgado estaba, se quedó tan ancho. Cuando le conté que mi plan para el último domingo de abril de dos mil diecinueve era ir a votar primero y venir al concierto después, me contestó, entre sarcástico y genial, “te vas a arrepentir. Y lo sabes. Por una cosa; por la otra; o por las dos”. Y porque prefiere escuchar en directo a un grupo que se hacen llamar “Los Ganglios” en lugar de al bueno de Robert, este amigocasihermano no está sentado a mi lado mientras aguardo la salida al escenario del bardo de Minneapolis. Ahora que lo pienso, cómo puedo ser amigo de un tipo al que no le gusta Bob Dylan. Y por qué no. Él y yo lloramos juntos la noche que un montenegrino engominado marcó en fuera de juego el gol que nos permitió ver al Madrid volver a ganar la Copa de Europa treinta y dos años después. Menos mal que de aquella no existía el VAR. Igual el Madrid hubiera ganado tres a cero esa noche. ¿Quién sabe? Llorar juntos por el fútbol, eso sí que une y no la música. Ya lo escribió Eduardo Sacheri: “Uno puede decir que es de muchos cuadros. Uno puede cambiar de idea varias veces. Pero una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. Ya no hay vuelta. No hay caso”. Qué curioso esto de la literatura, por otra parte: unas pocas líneas y ya he estado en Minesota, en Montenegro, en Buenos Aires y en Gijón. Pero bueno, esa es otra historia. La que quiero escribir cuenta que a mi amigo no le gusta Bob Dylan, como os decía, pero sí le gusta lo que escribo, o eso dice. Y como es juez y parte de una revista musical, me pide que le escriba una crónica del concierto. Y aquí estoy: disfrutando un poco menos de lo que debería porque tengo que estar pendiente de los detalles, que son los que distinguen una crónica decente y objetiva sobre el concierto de Bob Dylan el 28 de abril de 2019 en Gijón de otra crónica más de otro concierto más de Bob Dylan. Imaginaos cómo puede ser otra crónica más de un tipo que lleva cuarenta años haciendo cien conciertos, como mínimo, al año. Si multiplico, me entra vértigo.

Sigo esperando. Aún en tiempo. Bob Dylan no aparece en el escenario.

Tengo otro amigo, también casi otro hermano, que, no es que le guste Bob Dylan, es que no me equivoco si digo que algunos de los pasajes de su vida se explican a través de sus canciones, un poco como escribió Benjamín Prado después: “Hay mañanas y noches / porque existe Bob Dylan. / Hay planetas y oxígeno / porque existe Bob Dylan. / Hay veranos e inviernos / porque existe Bob Dylan. / Porque existe Bob Dylan / hay fruta y hay leones. / Porque existe Bob Dylan / hay silencio y mercurio. / Porque existe Bob Dylan / hay antes y hay después. / Yo nunca he estado solo / porque existe Bob Dylan.”, y Sam Sephard antes: “El mito es un medio poderoso porque habla a las emociones y no a la cabeza. Nos traslada a un área de misterio. Creer en algunos mitos es venenoso, pero otros tienen la capacidad de cambiar algo dentro de nosotros, incluso si sólo es durante uno o dos minutos. Dylan crea una atmósfera mística de la tierra que nos rodea. La tierra por la que caminamos cada día y que nunca vemos hasta que alguien nos la enseña”. Y, claro, este otroamigocasiotrohermano sí está aquí, sentado a mi lado. Y yo confío ciegamente en él. Nadie mejor para fijarse en los detalles. Le debo tantas cosas en la vida que escondí la cuenta. Me da vergüenza. Porque, aunque la pierda, nunca se me olvida. Espero que no se entere de la pasta que me van a pagar por este artículo porque probablemente debería darle, como poco, la mitad. Y, de todas las que le debo, me quedaría con haberme pasado el DVD de “The Last Waltz”. Porque tú la ves y la vida no vuelve a ser la misma. Podría gastar quinientas de las mil palabras que me ha pedido el amigocasihermano, pero no sería capaz de explicaros esto. Sólo me entenderá quién haya sentido lo mismo. Termina la película y piensas: ostias, qué cojones me ha pasado.

Y aquí estoy yo entre los dos, formando los tres con Bob Dylan una extraña figura geométrica de cuatro vértices. Ni tan lejos de Bob como mi amigocasihermano, ni tan cerca como mi otroamigocasiotrohermano. ¿Equidistante? No sabría imaginarlo. Pero sí, estoy seguro, a la distancia adecuada para contaros lo que sucede. Mi otroamigocasiotrohermano sonríe a mi lado y mueve nervioso las puntas de los pies. Nos miramos expectantes y preocupados también, con la zozobra en las venas de pensar que a la salida del concierto pueda existir un país diferente del que abandonamos al entrar. Pasan apenas un par de minutos de las nueve. Se apagan las luces del día, se encienden las del escenario. Ahí viene.

Es el último de los cinco en aparecer, músicos elegantes vestidos de negro, siempre en la nota precisa, siempre en el ritmo constante. Camina como lo hacen los hombres que cargan en sus hombros el peso de una estirpe. Nadie antes que él, cientos de miles tras sus pasos. Se sienta frente al piano y la noche se cierne sobre nuestras cabezas porque las manos de Bob Dylan la convocan. Dice al comenzar: la gente está loca, son tiempos extraños. Durante dos horas, su voz invoca a todos los demonios que habitan las umbrías, desde el lago Itasca hasta el delta, una línea geográfica que, de norte a sur, de la cabeza a los pies, atraviesa su cuerpo delgado convertido en río, a veces como un rayo, a veces como una balada. Dice cuando termina: no digas que no te avisé cuando tu tren se perdía. Y de pronto, no sé por qué, pienso en Suze, en su melena roja, en su sonrisa franca, en sus ojos mirando a la cámara, en su cuerpo menudo abrazado al de Dylan, en un intento quizás estéril de ahuyentar el frío de diciembre en Manhattan. Y me pregunto: ¿Sabría entonces que todos los tiempos son extraños, que todos los trenes, tarde o temprano, se pierden?

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