Elvis está vivo

Published on febrero 4th, 2016 | by Tonosone

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No me gusta nada, Jimi.

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The Jimi Hendrix Experience.

Jose Garzón.

No me gusta nada, Jimi, no me gusta nada. A ti todo te da igual y te hace mucha gracia, como siempre; pero tú no sabes cómo son esos tipos, llevas poco tiempo en este circo. Y, menos, después de lo que pasó en Londres, en enero. Acuérdate de sus caras. Parecían perros rabiosos. Si los de seguridad no les sujetan, no sé si tendrías hoy las manos sanas para tocar. Y, ahora, ¿a qué ha venido eso? Solo a ti se te ocurre echarlo a suertes. Y va la monedita, sale cara, y te toca cerrar el concierto. Les ha sentado como un tiro en el pie, Jimi, ya lo has visto. Lo que ocurre es que, como estamos con el rollo del amor y la paz, se han estado quietecitos. Pero si esto pasa en Inglaterra, tenemos pelea otra vez, te lo aseguro. ¿No has visto la cara de Pete? Ese tipo no es trigo limpio, te lo digo yo, le conozco bien, con esa pinta de estibador de puerto, cargado de espaldas, los brazos que no parecen acabar nunca y esa nariz inmensa delante de unos ojos tan azules y tan fríos, que te miran fijamente, como nos ha mirado antes, y me entran unas ganas tremendas de irme para casa. Llevan tocando semanas por el país. La gente les adora y la crítica escribe maravillas. ¿No lees los periódicos o qué te pasa? ¿Por qué no lo dejaste como estaba?: sales tú el primero, te presentas ante el país, que casi nadie aquí te ha visto tocar, dejas a todos con la boca abierta y luego que cierren ellos el concierto. Que se las apañen para hacerlo mejor que vosotros, si pueden. Y fin, todos tan amigos. En un par de semanas volvemos a Londres y allí son los putos amos, ¿no te das cuenta?, los putos amos. Ya se van a encargar de que nos reciban de uñas: el público, la prensa, hasta los chicos del estudio. No te van a pasar una. A ver cómo te lo montas, Jimi. Ellos van a salir a reventar el escenario, quieren que se hable tanto de ellos que nadie recuerde nada de lo que pueda ocurrir después. No se van a dejar una puta canción en el camerino. Y son muy buenos, joder, muy buenos. Les va a presentar Eric. A ver quién se anima contigo. Y no te pases con el ácido, por favor, Jimi. Te lo pido por favor. Quiero que estés al cien por cien cuando te toque subir al escenario. Tienes que ser el mejor. Mañana tienen que hablar de ti en todos los periódicos. Jimi Hendrix en todos los titulares, en letras bien negras y bien grandes. Y ellos, en pequeñito, en los subtítulos o en el cuerpo de la noticia, las dos palabras de su estúpido nombre perdidas entre otras quinientas. Para que cuando lleguemos a Londres todo el mundo sepa quien es el mejor guitarrista del mundo. Eso dice Paul, ¿no? Por eso ha puesto tanto empeño en que hoy estemos aquí. Que no se te olvide: el puto Paul McCartney quería que estuvieses aquí. Y no es solo por la pasta, Jimi, no es solo por la pasta. Nos jugamos mucho esta noche. Toda América va a saber quien eres. Y aquí es donde se mueve el cotarro. Diez Inglaterras hay en este país. Date cuenta. Primera división, tío, primera división. Y esos cabrones te tienen ganas desde hace tiempo. Bien sabes que, ahora mismo, si no estás tú, nadie les hace sombra. Son muy buenos, joder, muy buenos. Suenan de puta madre los Who, de puta madre. Y No me gusta nada, Jimi, ya te lo he dicho. Nada.

¿Puedes conseguir un poco de gasolina?, Chas, preguntó mientras engullía con hambre de tres días una hamburguesa. Terminó. Saciado se limpió los labios con la servilleta. La estrujó en su mano izquierda y, al tiempo que lanzaba la bola de papel al plato vacío, encaró la mirada del mánager quien, frente a él, conservaba aún una mueca de sorpresa en el rostro. En Wild Thing voy a quemarla. Un resto minúsculo de mayonesa se mantenía suspendido en la parte central del bigote de Jimi Hendrix.

Dieciocho de junio de mil novecientos sesenta y siete. Monterey, California. Pete Townshed y Jimi Hendrix echan a suerte de moneda qué grupo cierra con su actuación los tres días del festival. Noventa mil personas aguardan. Muchos de ellos contarán después que The Who ofrece un concierto visceral y apocalíptico al que pone fin Pete Townshed lanzando su guitarra hacia los amplificadores después de golpearla repetidas veces contra el suelo. Y que, en ese momento, apenas unos segundos antes de que se apaguen las luces y Brian Jones, micrófono en mano, comience la presentación, todos piensan: va a ser difícil que Jimi Hendrix pueda superar esto.

 

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