Elvis está vivo estadio azteca

Published on Marzo 17th, 2017 | by Tonosone

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Dándole mi vida a ese paravalanchas.

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Photo credit: Gary Denness via Foter.com / CC BY-NC-SA

De la que venía para acá he entrado a comprar cigarrillos a un coreano y en el estante de la fruta he visto naranjas sin piel guardadas en un cofrecito de plástico. Quizás tu vida no merezca mucho la pena si no puedes tomarte el tiempo de pelar una naranja, ¿no? Un café solo, por favor. ¿Por dónde íbamos?. Ah, sí:

Regresé al deefe dieciocho años después para enterrar al viejo. Andrés diría que todo había cambiado pero nada había cambiado. A mí no me gusta abusar del recurso fácil de los antónimos. Hay un petiso en España que lleva años haciendo canciones con ellos y llenándose de plata, el muy sorete. En un abarrotes chiquito y sucio de San Adrián con Las Flores compré un par de cervezas y seguí camino hasta adentrarme en su sombra. Para muchos argentinos la cancha es el lugar mitológico donde se consumó un sueño, la quimera hecha realidad en el cuerpo de uno de los nuestros. Y sí, para mí también lo es. Sé perfectamente quién era y dónde estaba cuando Maradona hizo lo que hizo. No marcó un gol. No ganó un partido. Ni tan siquiera un mundial. Consiguió que un país entero se liberara. Luego le piden que se comporte. La concha de la Lora, ¿cómo carajo se comportarían ustedes, pelotudos, si hubieran hecho algo único?. Nadie, ningún ser humano antes ni hasta ahora ha hecho lo que Diego hizo aquella tarde. Primero les engañó y después les cortó la cabeza. Y nos proporcionó una venganza que ningún argentino imaginaba. No hay sentimiento mejor que ese, creeme. Yo me lleno de bronca releyendo Los Pichiciegos y me la saco viendo la repetición del gol en la computadora. Nada diferente a lo que hacía con la merca y el faso, de todos modos. Nos conocemos bien el Diego y yo, aunque a veces se haga el gil y el olvidadizo conmigo. Qué más da. Nos lo perdonamos todo, los pibes. Pero para mí la cancha significa mucho más.

Compartía habitación con mis dos hermanos en un pequeño departamento de Colonia Condesa por donde algunas tardes se dejaban caer otros exiliados, Raquel Tibol, Jorge Denti, Alfredo Zitarrosa, con la excusa del mate cebado y la conversación nostálgica y furiosa. Mi padre daba clases de filosofía en el nocturno del liceo mexicano y mi madre sublimaba la tristeza y la bronca mejorando cada semana la receta de la milanesa, ambos sintiéndose cobardes y derrotados por unos milicos que solo tuvieron que detener a uno de mis tíos para que el resto de la familia abandonase la Argentina en el ferry de Colonia, rumbo al paisito primero y a México después. Yo me junté con la segunda generación argentina radicada en el deefe y comenzamos a disfrutar la adolescencia en un país libre y abierto a ofrecernos cuantas experiencias fuéramos capaces de imaginar. Muchos domingos a la mañana, para continuar la joda del sábado, comprábamos cerveza en alguno de los abarrotes que encontrábamos al paso y gastábamos los últimos pesos en la entrada de la matinal. Yo nunca me prendí con el fútbol, herencia supongo del viejo, que lo consideraba un juego primitivo y pueril, pero recuerdo la alegría y la excitación de entrar en el gigante, oler el pasto y gritar los goles del equipo del que aquel domingo hubiéramos decidido ser hinchas mientras la cerveza nos mantenía despiertos y eufóricos. A veces la plata no puede con el pueblo. Ya ves, allá por los noventa quisieron cambiar el nombre al estadio, un nombre que está metido en el tuétano de los mexicanos desde que nacen, y no fueron capaces. Ni con todo el oro del mundo se lo van a sacar. Aunque sea cierta la de Bielinsky de los financistas y los putos. Por eso quería que el título de la canción fuera ese y no otro, supongo.

Pasaron tres años como un día y la rebeldía de los dieciocho me empujó a regresar a la Argentina con el bolsillo a medias lleno por los pesos que mis padres pudieron dejarme. Imposible saber de aquella que tardaría tantos años en volver a caminar por las calles del deefe. Retomé la amistad con Andrés, que ya tocaba el teclado con Los Abuelos y, casi como un juego, comenzamos a escribir canciones juntos. Andrés era el mismo pero de gustos más refinados: el tiramisú hecho con mascarpone, el vino tinto entre dieciséis y dieciocho grados, las mujeres de culo respingón y concha perfumada, de las que nunca tienen necesidades fisiológicas sucias. Y los años continuaron pasando salvajes. Buenos Aires y Madrid nos cobijaron y en interminables noches sin tregua que se prolongaban durante semanas compusimos a cuatro manos algunas de sus mejores canciones. Ningunos de los dos recordamos muy bien de dónde vino Flaca; pero puedo contarte, punto por punto, cómo fue la composición de Paloma, que parece una canción salida de las entrañas pero está medida sílaba a sílaba. Tiene mucho trabajo detrás. Andrés dice la música es ese lugar donde por suerte nada hace daño. Y ya no hay quien lo detenga.

Un día de marzo en el departamento que compartíamos en Palermo, Mariana gritó lo nuestro es como una botella vacía, Marcelo ¿por qué te la querés seguir prendiendo? No tiene sentido. Y pegó un portazo porque no soportaba que la viera llorar. Y supongo que, por ahí, algo se encendió. Horas más tarde, tomé la birome y todos los recuerdos mexicanos que guardaba en quién sabe dónde fueron convirtiéndose en versos. La escribí de un tirón en apenas una hora y se la envié a Andrés, que por aquel entonces permanecía recluido en un pueblo de la sierra madrileña donde había establecido sus cuarteles de invierno. Nada supe de él en semanas. Hasta que una tarde de finales de junio se presentó en casa flaco y con bigote y, mientras yo cebaba el mate, me mostró lo que había hecho con la letra. Teníamos muchas dudas respecto a la canción; pero nos sentimos contentos con el resultado. Aquellos días, rendidos me temo para siempre a la quetiapina y al clonazepam, estábamos descendiendo la ola, parando el consumo, terminando la fiesta. Y nos pareció una canción perfecta para apagar las luces y cerrar la puerta. Eso fue todo.

Ahora queda un tiempo en calma. Después de todos estos años en los que dormía de día y pasaba noches colocado, noches que recuerdo a duras penas, qué hice, qué dije, con quién estaba. Mis hijos vieron lo peor de mí y me perdonaron, así de extraño es el amor verdadero. Escribí letras para seiscientas canciones y tal vez alguna perdure. Sé que, tarde o temprano, esa manera de vivir se cobrará la cuenta. No me arrepiento de nada, absolutamente de nada, pero cien cosas las habría hecho de otra manera. Habría dicho sí, habría dicho no, habría tomado algún tren, habría tratado mejor a alguna mina y peor a algún hijo de puta, habría tenido menos dudas y habría callado muchas de las certezas que grité y que (me) hicieron tanto daño. No es esta una confesión ni un arrepentimiento, no me malinterpretes. Soy como soy. Solo me invade la mufa de que ya nunca volveré a agarrarme borracho y desubicado a ese paravalanchas de la general. Sé que apenas me quedan tres o cuatro canciones de vida pero espero tardar algún tiempo en componerlas. Y aunque es inevitable buscar nuevas letras, tan buenas como las que ya escribí, soy plenamente consciente de que la fuente se va agotando, tanto si me empeño como si huyo de repetime. Soy el Cuino, con todo lo bueno y lo malo. Tengo dentro metida mucha mierda y unas cuantas flores. Siento el aprecio de algunos amigos y, a estas alturas, también el de muchos de mis enemigos. Pero, ¿a quién le merece la pena ser enemigo de un tipo como yo, que no valgo más que un poco de plata y las letras de algunas canciones? ¿Me pasas el azúcar? Ahora gasto las mañanas escribiendo epitafios. Y me la banco. Ja.

Diego Armando Maradona, vestido de azul y negro al sur de México Distrito Federal el 22 de junio de 1986, primero Hoddle, después Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y al final también Shilton, marca un gol maravilloso que el lugar, el momento y la historia convierten en el más importante que se recuerda. Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?

El 2 de marzo de 2004, casi cuatro años después de los excesos también compositivos de El Salmón, Andrés Calamaro publica El cantante, donde incluye la canción “Estadio Azteca”. Los que pensamos que se trata de otro homenaje a aquella tarde, a aquel gol y a aquella cancha nos equivocamos. La letra es de Marcelo “Cuino” Skornik y la historia que cuenta es simplemente la suya.

Jose Garzón.

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